Todo lo que tenemos es un regalo de Dios. Nuestras vidas, nuestras familias, nuestros talentos, nuestro trabajo… nada de esto proviene únicamente de nosotros. Nos lo ha confiado un Padre amoroso y generoso. Cuando empezamos a ver nuestras vidas de esta manera, como un regalo en lugar de una posesión, cambia nuestra forma de actuar. La gratitud se convierte en el fundamento de todo lo que hacemos.
En cada misa se nos recuerda esta verdad. El sacerdote nos invita: "Demos gracias al Señor nuestro Dios", y nosotros respondemos: "Es justo y necesario". Estas palabras no son simplemente una respuesta ritual; expresan una forma de vida. Somos un pueblo que da gracias, no solo con los labios, sino con nuestras acciones. Una de las formas más significativas de vivir esta gratitud es a través del diezmo.
El diezmo es la práctica de devolver a Dios una parte de lo que Él nos ha dado —tradicionalmente, el diez por ciento de nuestros ingresos. No se trata de un invento moderno ni de una estrategia para recaudar fondos. Es un principio bíblico arraigado en la confianza y el amor. En el Libro de Malaquías (3:10), Dios se dirige claramente a su pueblo, invitándolo a traer el diezmo completo y a confiar en su providencia. Él promete que quienes lo hagan disfrutarán de sus abundantes bendiciones. Pero el diezmo no es, en última instancia, una obligación, sino una relación.
Nos plantea una pregunta importante: ¿Confío en Dios? ¿Creo que Él proveerá para mí? ¿Lo pongo a Él en primer lugar en mi vida, o solo le doy lo que me sobra? El diezmo nos desafía a poner a Dios en el centro. Nos invita a dar no de nuestro excedente, sino de nuestros "primeros frutos": la primera y mejor parte de lo que recibimos. Al hacerlo, reconocemos que todo le pertenece a Él y ponemos nuestra confianza en su cuidado continuo.
Para muchos, esto puede parecer un paso difícil. Requiere fe. Requiere sacrificio. Pero también es profundamente liberador. Cuando damos generosamente, aflojamos nuestro apego a las cosas materiales y crecemos en nuestra dependencia de Dios. Comenzamos a experimentar la alegría que proviene de vivir con generosidad, en lugar de aferrarnos con fuerza a lo que tenemos. El diezmo también fortalece a nuestra familia parroquial. Sus ofrendas hacen posible la celebración de los sacramentos, la formación de nuestros hijos, la ayuda a los necesitados y la vida cotidiana de nuestra comunidad parroquial. Cada ministerio, cada acto de servicio, cada momento de encuentro con Cristo se sustenta gracias a la generosidad de feligreses como usted.
De este modo, su diezmo no es solo un acto personal de gratitud, sino una participación en la misión de la Iglesia. Ayuda a llevar a otros a Cristo. Edifica el Cuerpo de Cristo aquí mismo, en nuestra parroquia, y más allá. Si es nuevo en la práctica del diezmo, le animo a que comience con un paso sencillo. Considera ofrecer a Dios la primera hora de tus ingresos semanales. A partir de ahí, ve aumentando gradualmente hasta llegar a un diezmo más completo. Lo que más importa no es la cantidad, sino el espíritu con el que se da: con confianza, gratitud y amor.
Quiero que sepas que yo también comparto este compromiso. Como tu párroco, doy el diezmo como expresión de mi propia gratitud a Dios y de mi fe en la misión de nuestra parroquia.
Al fin, el diezmo es una forma de decir: "Señor, todo lo que tengo viene de Ti, y confío en Ti con todo mi ser". Es una forma concreta de vivir nuestra fe. Seamos una parroquia caracterizada por la generosidad, la confianza y la gratitud. Y en todo lo que hagamos, podamos decir con confianza: "Aquí estoy, Señor. Puedes contar conmigo".